Pese a que ahora ando escribiendo otra novela que me tiene casi absorbido, me gustaría contar en el blog algunos pequeños relatos que se me vayan ocurriendo, así que aquí comienzan los llamados cuentos de Arthos :)

El anciano observaba con mirada cansada desde su privilegiado sitio en el puente norte de Alamor como el pequeño contingente de caballeros se acercaba a lo lejos formando tras ellos una espesa nube de polvo acre que poco a poco se iba disipando. Los campesinos que labraban las tierras colindantes al camino empedrado levantaban las cabezas para poco después volver a sus quehaceres al distinguir la insignia del conde de esas tierras en las relucientes armaduras de los caballeros. El ruido de los cascos de los caballos golpeando las piedras del camino fue aumentando en intensidad hasta que ya casi los tuvo encima. Pasaron al lado del hombre y éste les saludó levantando la mano derecha mientras con la izquierda cogía su sombrero de punta para que no saliese volando de su despeinada cabeza canosa.

-No os partiese un rayo -refunfuñó entre dientes al ver que ninguno le devolvía el saludo.

Se acarició la aguileña nariz al notar como el polvo se colaba por sus orificios nasales e irremediablemente empezó a estornudar. Sacó un pequeño pañuelo grisáceo arrugado de su macuto y trató de sonarse mientras entornaba los ojos esperando que se disipase la polvareda.

Cuando pudo respirar mejor echó una ojeada a las pequeñas chozas que se elevaban al otro lado del puente. Los jinetes habían pasado de largo el pueblo. Se alisó la barba y dio un bostezo mientras escuchaba un pequeño chapoteo debajo de él.

-¿Quién osa espiar al poderoso hechicero Arthos? -dijo en un tono amenazador mientras daba unos suaves golpes con su callado en el suelo.

Dos niños salieron de debajo del puente soltando una risita y saludaron al anciano. Éste sonrió al ver a los dos pequeños y les hizo un gesto con la mano para que se acercasen.

Todo el mundo en el pueblo conocía a Arthos en mayor o menor medida. Llegó al poblado dos años atrás y decidió instalarse en una pequeña choza medio derruida abandonada que nadie quería. La mayoría de la gente del pueblo le consideraban un loco por sus extrañas e inverosímiles historias por lo que sus mayores amistades eran los pequeños del pueblo que se acercaban a él para escuchar sus fantásticos relatos embobados.

Los dos niños eran la pequeña Annie y Lucio. Eran hijos del herrero del pueblo y cuando podían se escabullían del control de sus padres para que el anciano les contase alguna historia.

-Mis dos oyentes preferidos, ¿qué puedo hacer por vosotros? -dijo Arthos sonriéndoles mientras se sentaban a ambos lados de él.

-¿Has visto pasar a esos caballeros? -le preguntó la chica con cara asombrada señalando al otro lado del pueblo con su manecilla.

-Por supuesto. Supongo que habréis visto como me han saludado al pasar. ¿No? -exclamó el anciano sorprendido al ver las caras de los chiquillos-. Pues tenéis que estar más atentos la próxima vez. Eran soldados del conde que, como ya sabéis, es un gran amigo mío y les tiene ordenado a sus hombres que cuando me vean me saluden.

Los chicos se quedaron asombrados por sus palabras y luego asintieron.

-¿Habéis venido para que os cuente una historia? -les preguntó el hombre bajando la voz como si fuese un secreto y mirando a ambos lados del puente.

-¡Sí! -exclamaron los dos al unísono.

-Shhhhhh no gritéis o si no se enterará el resto del pueblo. Esto es un secreto entre nosotros.

Ellos asintieron y se pegaron más al anciano para escucharle mejor. Éste carraspeó para aclararse la garganta mientras señalaba con el dedo las montañas que se alzaban al este separando el pequeño pueblo de la ciudad dorada de Nauhran. A menudo venían comerciantes de la ciudad ofreciéndoles telas nunca vistas ahí que según ellos eran usadas por la alta clase de allí y otro tipo de artículos que hacían las delicias de las mujeres del pueblo y el resquemor de los pobres agricultores que con su sudor conseguían unas pocas monedas para poder mantener a la familia.

-Hace mucho tiempo, mis ahora cansados pies me llevaron a Nauhran acompañado de un joven elfo que recorría el mismo camino que yo…